Me gustaría ser un pecho frío

09/07/2015

Recordando la otrora película "Seven", no me cabe duda que la ingratitud tendría que ser sumada a los siete pecados capitales para completar el octavo. La ingratitud, es un defecto muy solapado- escondido, que bien puede pasar inadvertido. Es un defecto que poco se nota entre los menos detallistas, pero constituye uno de los dones que elevan el espíritu y los valores como persona íntegra.  

Por naturaleza, somos ingratos- me incluyo en la lista- en numerosas ocasiones lo hemos sido, no hay excepciones; sin embargo, a medida que la vida nos ofrece lecciones de venturas y desventuras recapitulamos y tiramos de la hemeroteca.

Somos poco dados a escarbar momentos sublimes, preferimos hacer gala del presente y adelantarnos al futuro haciendo gala de la suspicacia, no acostumbramos a entonar el mea culpa, hemos sido diseñados para emitir a priori juicios de valor y alabar o a condenar al mismo tiempo dependiendo de la coyuntura.

Por estos días, la lectura me ha permitido recopilar información de dos historias de un par de famosos futbolistas que las podríamos trasladar a nuestro entorno de vida. Un sencillo y humilde análisis que no necesariamente tiene que ser compartido por quienes lo lean.

Me refiero a los dos pechos fríos de los que se ha hablado bastante este año. El uno, muy nombrado por estos días, Lionel Messi, por el hecho de no llevar a su selección Argentina al título del mundo y de la Copa América. Sí, es la verdad, Messi es un pecho frío. Un pecho frío que desde niño tuvo que superar una enfermedad batallando contra todo pronóstico de crecimiento que de no ser por su ahínco, fe y disciplina nadie hablaría hoy de él. Un pecho frío que gracias a sus dotes con el balón ha sacado adelante a su familia; un pecho frío que a pesar de haber recibido todo de un país ajeno nunca perdió el sentido de pertenencia por el de origen- Argentina- y jamás ha renegado de los colores de su selección; un pecho frío que en lugar de estar aprovechando la época veraniega antepone el sacrificio por la comodidad. Un pecho frío que prefiere jugársela todo por su selección Argentina, dando lo que está al alcance de su ingenio como futbolista; un pecho frío que si bien ha cometido errores como cualquier ser humano, nunca ha sido mal ejemplo para la niñez, ni la juventud por sus escándalos públicos, ni adicciones de cualquier tipo; un pecho frío que comparan con los mejores de la historia (Pele y Maradona) pocos se dan ese lujo y un pecho frío que ha perdido la cuenta de la cantidad de títulos locales e internacionales que le ha dado al Barça. 

El otro es Iker Casillas: un pecho frío que ha encumbrado a su selección a un momento de gloria, jubilo y desenfreno; un pecho frío que no sólo se unió al festejo de explosión de algarabía con el gol Iniesta, sino que también evitó la frustración de millones de españoles atajando goles cantados a los delanteros holandeses en la final de hace 5 años, y en otros muchos partidos de la selección; un pecho frío que ha sido fundamental en la gloria de dos Eurocopas; un pecho frío que ha teñido de grandeza al blanco- blanco, un pecho frío que ha desatado la locura de miles de aficionados que han gozado de los títulos de liga y Champions League. Al igual que Messi, Iker es otro pecho frío que nunca ha protagonizado episodios dantescos en su vida privada que eclipse el digno ejemplo que le ha caracterizado como persona y deportista; en fin, Iker es otro pecho frío que ha cubierto de gloria La Roja y la camiseta que siempre ha defendido con respeto y profesionalidad. 
Ojala todos tuviésemos todos esos atributos para convertirnos en los mejores pechos fríos del Planeta en cada uno de nuestros oficios. Los políticos, los periodistas, los jueces, los funcionarios y los trabajadores de cualquier sector.

La vida en toda su extensión tendría un sentido mejor sentido provisto de esencia y valores espirituales. Lo de Messi e Iker, por qué no, lo podemos trasladar al ámbito de la vida integral de cada uno de nosotros.

 

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