Falta camino por recorrer

10/06/2016

Aunque si bien los movimientos migratorios hacia Europa han decrecido notablemente por la crisis económica- social, cabe resaltar que el número de personas llegadas de afuera siguen representando un alto porcentaje del total de la población española. Nos referimos, según datos del Instituto Nacional de Estadística a diciembre de 2015, a un número de 4.982. 183 con certificado de registro o tarjeta de residencia en vigor, es decir casi un 10% del total de habitantes en el territorio nacional.
Este dato, por ejemplo en Baleares, podría guardar proporciones de similares características si tenemos en cuenta que el número de colectivos procedentes de Latinoamérica sobrepasa los cincuenta mil, añadiendo otros grupos extracomunitarios, como la población de Marruecos, que llegaría a treinta mil o incluso más, a los que hay que añadir al resto de países africanos y a los ciudadanos de procedencia china que viven en las Islas.
Los números hablan por sí solos, y por consiguiente, nuestro análisis no debe centrarse en la llegada de más foráneos, sino en las políticas de integración que desde la Administración se ponen en marcha para facilitar la cohesión social entre los de afuera – agregando a las generaciones nacidas aquí- y la sociedad de acogida.
Desde este periódico con trece años de fundación, siempre hemos apostado para que el ciudadano de afuera conozca las competencias de cada una de las áreas de la Administración autonómica y municipal (ayuntamientos) con el fin de hacer más fácil este proceso de integración, en este caso no me refiero a ayudas sociales o prestaciones, sino al conocimiento de las instituciones y los servicios que desde allí se ofrecen, tales como cursos de formación, emprendimiento, proyectos y oportunidades laborales.
Hace tres semanas quien escribe fue invitado a una tertulia en un programa de IB3 Radio sobre temas de inmigración. Y precisamente una de las preguntas que me formuló el periodista se basaba en los problemas de integración de los llegados de afuera.
Y es que si bien, los llegadas de afuera deben poner todo de su parte para integrarse y no imponer a la fuerza todas sus costumbres, haciendo eco de comentarios callejeros, también es muy cierto que a pesar de la buena voluntad y las enmiendas de buenos propósitos que algunos políticos se trazan en época de campaña electoral, en la práctica resultan insuficientes las iniciativas sociales que se ponen en marcha para forjar una aceptable interrelación cultural entre la sociedad receptora y los llegados de afuera, aunque se discrepe en este punto, lo he observado en la práctica.
En la teoría todo se aprecia muy bien y es fácil formular correctivos, sin embargo, en el terreno de la práctica en donde, pese a haber evolucionado en algunos aspectos- tales como el observatorio de la inmigración del Ayuntamiento de Palma- aún faltan por concretar iniciativas como por ejemplo, trabajar con mayor dedicación con el tejido asociativo, el principal receptor y canalizador de ideas, en estos casos.
Después de estar trece años al frente de este medio, conozco a algunos líderes a quienes les sobra voluntad para ayudar a sus conciudadanos, no obstante, para ello es trascendental la intervención activa y la puesta en marcha de iniciativas frescas que promulguen una buena convivencia.
En ningún lugar del mundo habrá una integración perfecta, especialmente cuando nos referimos a puntos de la geografía a donde los flujos migratorios en números han sido notorios.
Un alto cargo político me contestaba a una pregunta sobre integración, que hoy por hoy, los inmigrantes deben hablar en clave de ciudadanía, algo que no discuto. Pero el quid del asunto no apunta socialmente a trabajar con los pocos que aún siguen llegando, sino con quienes hace una o dos décadas emigraron de sus países de origen, aunque cueste creerlo, aún falta mucho trecho por recorrer.
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