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La cara y la cruz de la solidaridad (10/09/2009)
El pasado 3 de septiembre tuve la oportunidad de asistir al Patio del Centro Cultural de la Misericordia para la entrega de premios a la solidaridad del Consell de Mallorca. Y créanme que sentí un alivio enorme cuando pude confirmar por mí mismo la cantidad de personas que alejados de todo afán de protagonismo están dispuestos a entregarlo todo desinteresadamente con el fin de ayudar a los demás, y por ende, a construir un mundo más justo.
El hecho de haber sido invitado a este emotivo y digno acto me cayó como un bálsamo para borrar temporalmente de mi mente toda esa andanada de bestialidades y comentarios racistas y xenófobos que había leído en los medios de prensa una semana atrás, cuyos mensajes apuntaban a empeorar un problema en el barrio de Son Gotleu, que de hecho existe y nadie lo está negando, pero que por el vocabulario y actitud rocambolesca, grosera e incendiaria de un presidente de una asociación de vecinos, de apellido Quiñonero, en poco ayuda a buscar el camino ideal para la convivencia y el respeto.
Sin justificar lo anteriormente mencionado, también los ciudadanos venidos de afuera somos conscientes que a no todos los inmigrantes se les puede victimizar, faltaría más. Por el contrario, desde este medio hemos rechazado los actos vergonzosos de esas personas que se dedican a delinquir y a mancillar la imagen de sus mismos connacionales, que han venido a ganarse la vida honradamente. Por esa razón sería ridículo tratar de opacar los problemas de Son Gotleu y otros lugares en los que la pluriculturalidad existe.
En la entrega de premios a la solidaridad me quedé gratamente sorprendido al ver a los mallorquines reconocidos que desde el anonimato son capaces de quitarse el pan de la boca por ofrecérselo a los demás. Ellos, representando a ONGS y asociaciones, sí que han tenido la sensibilidad, valentía y el tesón de ir como voluntarios al África y enterarse en carne propia sobre el verdadero problema que padece este continente.
Obviamente, ante esta comparación, no faltarán quienes piensen que “sus problemas no los pueden traer aquí, ya tenemos suficiente con la crisis”; pero tampoco podemos obviar la vida que azota a centenares de seres humanos que sufren la desgracia de ser víctimas de la injusticia social que corroe algunos ciudadanos de esos países, que están aquí y conviven con nosotros.
Antes de achacar culpabilidades y señalar a las personas por su procedencia con adjetivos ofensivos, tal y como se ha registrado en varias páginas de la prensa escrita, se debe proponer espacios para lograr un entendimiento y buscar acuerdos consensuados, sin que ello implique renunciar a nuestros derechos de ciudadanos y exigirle a las respectivas autoridades soluciones a los problemas a corto plazo.
Mientras tanto, prefiero quedarme con la imagen de esas personas que han tocado con sus propias manos ese mundo tan complejo, un mundo que para otros no existe.

 

 

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