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sábado, noviembre 27, 2021
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    Editorial 389: No es por ninguna reforma tributaria, es un estallido social

    A propósito del estallido social en Colombia y el eco que se hace en diferentes lugares del mundo -Baleares no es la excepción- apoyando las causas reivindicativas en las que han muerto decenas de ciudadanos, muchos de ellos por la violencia policial o el abuso de autoridad, a tenor de lo que nos cuentan los medios de comunicación y las escalofriantes imágenes de las redes sociales.

    Al presidente, Iván Duque se le salió el país de las manos, y afirmar otra cosa, es defender lo indefendible, o simplemente querer tapar el sol con las manos. Compañeros de profesión de periodismo con los que tuve la oportunidad de compartir cubrimiento de noticias, me describen que la situación es insostenible, no me lo está contando cualquier aparecido en escena, me lo informan comunicadores que conozco, algunos de ellos estuvieron conmigo en la facultad de periodismo y se han abierto paso en diferentes medios de comunicación.

    Nunca habían visto tan mal el país, me comentan. Por lo tanto, no queda más remedio que apoyar a lo lejos y seguir presionando para que los organismos que velan por los derechos fundamentales sean garantes de un proceso conciliador antes de que la cosa acabe de desmadrarse y tengamos que seguir lamentando trágicos acontecimientos.

    En el caso que me atañe a la distancia y sobre la postura de los colombianos que vivimos fuera del país, simplemente no ahorraremos esfueros en seguir apoyando la gente que lo está pasando mal y no tiene unas condiciones dignas de vida en salud, educación, vivienda y trabajo. Es cierto que hay miles de oportunistas que pescan en río revuelto y aprovechan la oportunidad para delinquir, saquear y destruir, es evidente e innegable.

    Pero centrándonos en el quid de la cuestión, esto que ocurre en Colombia no obedece a dos proyectos de reforma tributaria o a la salud. Simplemente responde a un hartazgo generalizado de décadas en las que nada ha cambiado y los problemas por la falta de acceso a los servicios básicos, injusticia, inseguridad, violencia desbordada, eterna corrupción política, demagogia barata, narcotráfico, guerrilla, el paramilitarismo, entre otras lacras…

    La pandemia como en otros países del mundo ha agravado la desigualdad social y el panorama es desolador para las nuevas generaciones. Dolor de patria a la distancia e impotencia de ver como el pueblo se mata con el pueblo. Esto último lo digo por los agentes de la policía, la mayoría provenientes de familias humildes y cuyos sueldos no sobrepasan los 400 euros mensuales. Ellos también forman parte de ese pueblo que está en el último eslabón de la cadena.

    Sin embargo, entonando un mea culpa, no me cabe duda que miles de personas también hemos sido cómplices activos al permitir que durante décadas enteras lleguen al congreso colombiano verdaderos hampones y malandros. Y no hablo de izquierda o derecha en concreto, me refiero al delincuente de cuello blanco que usa las siglas de un partido para lograr una curul.

    Para nadie es un secreto que muchos de estos “honorables” han llegado a ocupar curules comprando voluntades en el núcleo de familias humildes en zonas rurales del país, o incluso en las urbes. Un cáncer del que poco se ha hablado pero que tiene un nivel alto de injerencia, especialmente a la hora de hacer las leyes para adecuarlas a un país más justo, que ante los ojos del mundo se está desmoronando.

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