Baleares Sin Fronteras, 23 años frente a la intolerancia: Europa necesita más sentido común y menos odio

Juan Pablo Blanco | Director de Baleares Sin Fronteras

Cumplir 23 años al frente de Baleares Sin Fronteras me lleva a una reflexión que, a mi juicio, cobra hoy más sentido que nunca. Desde que salí de mi país de origen, hace ya 29 años, no recuerdo una época tan convulsa como la actual, marcada por la polarización política, los mensajes de odio y una preocupante escalada de intolerancia que amenaza la convivencia en nuestras sociedades.

En 1997 llegué a Madrid para cursar una especialización en Comunicación Política en la Universidad Complutense. Posteriormente viajé a Estados Unidos durante dos años y, en 2001, me establecí definitivamente en Mallorca. Desde entonces he ejercido el periodismo en diferentes ámbitos, entre ellos como colaborador freelance de El Mundo, donde tuve la oportunidad de abordar historias humanas y sociales, así como realidades migratorias protagonizadas por hombres y mujeres que llegaron a España con la ilusión de salir adelante.

Más adelante asumí durante cuatro meses la dirección de la revista Planeta Latino. Tras el cierre de aquella publicación surgió la iniciativa de fundar Baleares Sin Fronteras, un proyecto periodístico que nació con la voluntad de dar voz a las personas migrantes, visibilizar sus historias de superación y poner en valor sus aportaciones a la sociedad de acogida.

Desde entonces han transcurrido 23 años. Ha sido una experiencia enriquecedora, construida junto a personas, colectivos y emprendedores que han demostrado que la inmigración, cuando se desarrolla dentro del respeto a las leyes y a las normas de convivencia, puede ser una fuente de riqueza humana, cultural y económica para cualquier sociedad.

Nuestra línea editorial nunca ha consistido en dar protagonismo a alguien por su procedencia, sino en reconocer a quienes trabajan, progresan, respetan a los demás y contribuyen al bienestar colectivo. Creemos en la integración, en el esfuerzo personal y en la responsabilidad que todos tenemos con la sociedad en la que vivimos.

Sin embargo, al llegar a este aniversario, no puedo ocultar mi preocupación por el clima de intolerancia que se está extendiendo en diferentes puntos de Europa. 

No me refiero exclusivamente a las Islas Baleares, donde, pese a los problemas que existen y a la preocupación por determinados episodios de inseguridad, todavía hay un amplio margen para fortalecer la convivencia y la armonía social.

Mi inquietud va más allá. Las escenas de violencia, los enfrentamientos y las tensiones que acompañan a determinadas protestas en distintos países europeos nos obligan a preguntarnos qué está ocurriendo y, sobre todo, hacia dónde nos dirigimos.

No basta con describir los acontecimientos. Hay que analizar sus causas, profundizar en los problemas y tener el valor de reconocer que la realidad es mucho más compleja de lo que algunos discursos políticos pretenden hacernos creer.

Como he defendido en numerosas ocasiones desde esta tribuna, los extremos son malos consejeros. Nunca me ha gustado reducir la realidad a etiquetas ideológicas ni convertir las diferencias políticas en trincheras irreconciliables.

La sociedad es mucho más diversa que los eslóganes electorales. No todas las personas que piensan de una determinada manera comparten los mismos comportamientos, ni se puede juzgar a un colectivo entero por las actuaciones de algunos de sus integrantes.

Por eso necesitamos más sentido común, educación, pedagogía y capacidad de diálogo. Necesitamos aprender a discrepar sin insultar, a defender nuestras ideas sin deshumanizar al adversario. Me preocupa especialmente que determinados mensajes de odio estén encontrando eco entre sectores de la población que todavía están formando su criterio. 

Las generaciones más jóvenes, expuestas permanentemente a discursos simplistas y enfrentados, pueden terminar asumiendo como verdades incuestionables planteamientos que alimentan el rechazo, la división y la confrontación.

La política debería servir para encontrar soluciones, no para incendiar las calles. No hacen falta misiles ni bombas para comenzar a destruir una sociedad. A veces, la destrucción empieza mucho antes, cuando se rompe la confianza entre las personas, se alimenta el resentimiento y se deja de reconocer la dignidad de quien piensa o vive de manera diferente.

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