Siempre desde estas líneas he sido un defensor del aporte de la inmigración desde las diferentes perspectivas sociales, el valor añadido a la economía, muchas veces en forma de balón de oxígeno a las arcas del Estado, concretamente mirando lo positivo de este necesario proceso de regularización de más de quinientos mil inmigrantes sin pa-peles que aspiran a convertirse en ciudadanos de primera con derechos y obligaciones.
Leyendo periódicos y viendo las redes sociales sobre esta controvertida regularización, no cabe duda lo cuestionada que ha sido este Decreto Ley para Vox y el PP por los requisitos flexibles, según ellos, que se piden para poder tener un permiso de trabajo y residencia por primera vez en España.
No me cabe la menor duda que cada quien es un mundo aparte y la dramática situación de países- se me viene a la mente Cuba y países africanos por citar un ejemplo- hace que la gente se juegue, incluso, hasta su propia vida y la de sus familias para comenzar de ceros una ilusión de progreso en tierras ajenas, nadie conoce el padecimiento ajeno, lo digo sobre todo por el odio que algunas personas vierten desde las redes sociales con olor a cianuro.
Sin embargo, si hay que reconocer que en este último tiempo, en el caso de Mallorca, se tiene que ir con cuidado por la inseguridad que se está respirando en el ambiente.
En las noticias salen cada dos por tres las fechorías cometidas por personas no nativas, procedentes de otros países, lo que deja muy mal parada a la inmigración respecto a las generalizaciones o rótulos que las personas con poca formación y escaso mundo a sus espaldas le imprimen a lo llegado de afuera, infortunadamente generalizan y nos meten a todos en el mismo saco por el ruido de causado por los delincuentes llegados de afuera. No se necesita ser un erudito en la materia, pero a mayor inmigración descontrolada, es más factible el riesgo de que se cuelen por las fronteras – no hablo de las pateras- verdaderos hampones que en mi caso, si es colombiano, los puedo distinguir a simple vista por su comportamiento y las palabras que emplean en el momento de tener un desencuentro con esa persona, que incuestionablemente en mi caso, no tendría cabida en mi círculo social o cultural estando viviendo en Colombia. Son de esas personas que llegan a este país y usted los escucha hablar y les analiza su compor-tamiento para auto-preguntarse, “cómo fue que esa persona pudo entrar a España”, esas personas de las que usted siente vergüenza ajena de que hubiese nacido en su mismo país.
Y no es cuestión de clasismo o de creerse más que alguien, simplemente se siente un instinto de rechazo por un compatriota suyo que no lo representa a usted en el extranjero, y que infortunadamente tiene la desgracia de cruzárselo alguna vez por el camino, como me ocurrió reciente-mente con un individuo de origen colombiano, que me profirió insultos por el hecho de haber te-nido una diferencia de tráfico mientras que ambos conducíamos.
El energúmeno hacía el amague de sacar debajo de la guantera del coche un arma, lo cierto es que no tenía buenas intenciones. Solo recuerdo que en tres ocasiones me dijo que yo era una gonorrea, un significado que en Colombia no equivale solo a una enfermedad de transmisión sexual, sino una terminología muy propia del bajo mundo, me excusan los compatriotas que se sientan aludidos, pero la realidad no hay que disfrazarla y no debemos ser cómplices de actitudes vulgares y amenazantes. Quizá este personajillo no lea esta columna, pero si decir que con esos potenciales delincuentes no hay que tener contemplación ninguna, no solamente empañan la imagen de la inmensa mayoría de los que vienen a hacer las cosas bien, sino que alimentan ese discurso de odio que prolifera por la calle.
Soy orgullosamente colombiano, me siento hombre de mundo con ideas abiertas a las otras culturas de las que debo seguir aprendiendo todos los días, agradecido con España que me ha dado muchas oportunidades, pero este tipo de alimañas que se están colando por las fronteras áreas- no solo pateras- deben meterse a un avión y directo a su país de origen. Cito el ejemplo de esta desagradable experiencia con un connacional, como a usted si es inmigrante procedente de otro país, le pueda suceder con alguien procedente del suyo. Lo bueno es bienvenido, lo malo se tiene que desechar.





