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viernes, marzo 1, 2024
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    La incitación a la prostitución también es violencia de género

    Por Ivis Acosta Ferrer

    Reza un poema de Sor Juana Inés de la Cruz: 

    “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis.”

    Estas palabras escritas en el siglo XVIII aún siguen vigentes. En los predios del patriarcado, si bien las mujeres hemos ganado algunas libertades y derechos, aún quedan rezagos, mucho machismo disfrazado de progresismo y –a estas alturas- mucha invisibilización de las víctimas de la violencia de género con la anuencia de la sociedad.

    Una de estas lacras patriarcales que pervive hasta nuestros días y amenaza con institucionalizarse es la prostitución, un ejemplo de violencia de género en toda regla, pues comporta la dominación de un sexo sobre otro mediante un intercambio económico que no compensa –ni nunca lo hará- las consecuencias psicológicas y físicas que se derivan de tal acto de sometimiento. 

    Ya nos lo pueden pintar de colores, como lo han intentado bodrios como las Cincuentas sombras de Grey o películas lamentables como Pretty Woman, que banalizan la triste realidad que es la cosificación femenina -y, en menor medida, masculina, pues suelen ser los hombres los principales clientes de los servicios sexuales-.

    Algo que legalmente a veces queda en un terreno subjetivo y difícil de comprobar es el delito de favorecimiento de la prostitución por parte de los típicos proxenetas o, más grave aún, de parientes que se proponen como conseguidores de mujeres jóvenes y -a veces- menores de edad, de cuya confianza y cercanía se aprovechan. 

    Si existe un infierno, el lugar más oscuro del mismo está reservado para quienes corrompen a una menor al iniciarla en este oficio. El delito de favorecimiento de la prostitución está tipificado en el artículo 187 del Código Penal español que penaliza el proxenetismo con penas de prisión de dos a cinco años y multa de doce a veinticuatro meses. 

    Deberían tenerlo en cuenta algunos –y algunas- cobardes que se escudan en la impunidad de una relación filial para introducir a una jovencita en el mercado y lucrarse a su costa, o hasta gratis lo hacen a veces por el simple morbo de participar en un juego pseudo erótico en el que todos los actores salen perdiendo: la confianza, el derecho a la libertad sexual, la honestidad y la justicia.

    ¡Si hemos avanzado como sociedad, no permitamos que estas lacras continúen entre nosotros!

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